La soledad de estar encerrado en un submarino

Publicado: 6 abril 2012 de Diego Cabanillas en General
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Título: Das Boot (Montaje del director).

Director: Wolfgang Petersen

Reparto: Jürgen Prochnow, Herbert Grönemeyer, Klaus Wennemann, Hubertus Bengsch, Erwin Ledder

Guión: Wolfgang Petersen

Música: Klaus Doldinger

País: República Federal Alemana

Año: 1981

Duración: 210 minutos

Género: Bélico

Es difícil de entender. Hace años hizo una película más que interesante y ahí le tenemos posteriormente, con “hitos artísticos” de la talla de Air Force One o Troya (para algunos). Parece que en Hollywood la gente se contamina, aunque si sabemos que este hombre dirigió también La Historia Interminable, esta teoría se nos cae… Porque no es mala, es peor.

Y sin embargo, Wolfgang Petersen se embarcó en 1981 en un submarino, tratándonos de mostrar a esos jóvenes reclutados por el ejército Nazi para enfrentarse en unas batallas que no comprenden. Si acaso saben, que Churchill está gordo, es borracho, discapacitado y se come los puros, porque eso es lo que dice la propaganda… Pero en el fondo son jóvenes, les gusta lo que a todos los chavales a su edad menos a mí, salir, ligar, emborracharse… Y de la noche a la mañana, sin saber donde se meten, se encuentran metidos en una lata de sardinas demasiado estrecha como para vivir en ella durante un tiempo sin que te estalle la cabeza. Pero ahí están, les han enseñado a amar al Fuhrer y a luchar por Alemania, y en ese submarino van a tratar de controlar el Atlántico y hundir varios convoys ingleses…

¿Saben a donde van? ¿Saben lo que hacen? ¿Saben lo que supone poner su vida en peligro abandonándose en medio del mar frente a unos ingleses que te están dando por doquier? No. Pero Petersen sabe reflejar esa soledad, de estar con sesenta tíos solos en un cacho de metal, rezando para que la próxima carga no te alcance de lleno y destroce lo que evita que revientes por la presión. Estás vendido, los destructores ingleses son rápidos, imponentes y eficaces… Solo puedes rezar, y esperar a que lleven quince minutos sin bombardearte y atreverte a otear el horizonte a ver si al menos te puedes cepillar a unos cuantos ingleses sin que te vea el destructor.

Por eso, el capitán, un viejo lobo de mar que se las sabe todas, sabe lo traicionero que es el mar y lo injusto de que varios niños sean tu tripulación para matarse con sus equivalentes británicos por gente que no lo merece, sin saber lo que es la vida ni haber tenido tiempo a disfrutar de ella. Una guerra de niños, como el lo define. Veinteañeros dejándose los intestinos en el campo de batalla y amenazados con ser aplastados en el fondo del mar mientras se vuelven locos.

Y el alto mando, que no saben a lo que te has enfrentado, lo que ya has pasado encima te ordena una misión imposible… Atravesar las barreras británicas y adentrarse al Mediterraneo por el Estrecho de Gibraltar.

Es una historia épica de como seguir ganando faroles cuando solo te queda una ficha. Una ficha que eres tú y todo lo que tienes… Nada. Sin apoyo, solo unos jerifaltes arriba que te ordenan joderte y jugarte tu vida y la de tu tripulación… Vidas que en definitiva no les importa a ellos, empeñados en hacer juegos de guerra para ver cual de los privilegiados, que no se tiene que montar a un submarino ni llenarse las rodillas de barro rezando para que no le arranquen los intestinos, consigue ganar y perder al mismo tiempo una guerra.

Porque ordenan sin tener ni idea de lo que pasa, de la insoportable soledad que se vive ahí abajo sin saber si la próxima carga será la que te convierta en pasto de los tiburones, sin saber que estar ahí abajo en un submarino es muy difícil, que no es solo acabar con los ingleses, sino que los ingleses no acaben contigo en la batalla del Atlántico, que son leales, pero la guerra en sí es totalmente injustificable ya que el rastro de sangre hace que nada merezca la pena. Solo piensas en sobrevivir dentro de un artilugio mecánico que también vive, al que de vez en cuando le hay que poner un desfibrilador ya que si él muere, tu mueres. Y eso a los de arriba no les importa, ni lo que ha pasado ni lo que ha dejado de pasar, eres un simple número, un submarino que debes lanzar al ataque, aunque no sepas que esa orden es simplemente un suicidio para sesenta de tus hombres. Y así pasó, que tres cuartas partes de los alemanes encerrados en un submarino terminaron siendo pastos de los peces.

¿Y qué más da? Lo importante son cosas que al final les deja de importar a todos, como el señor bajito con bigote que provoca la guerra con su complejo de inferioridad… La gran Alemania de Hitler importa tres leches cuando ves la foto de la amada que has dejado en el puerto y que es tú unica esperanza, tu pasaporte de futuro, pensar o desear que esté ahí para olvidarte de toda esa pesadilla.

Y eso nos cuenta con su dirección y su guión Wolfgang Petersen, antes de que se le olvidase lo que es hacer una buena película, usando bien la cámara, transmitiendo soledad, desasosiego y locura, externalizando un mensaje. Es radicalmente distinto a montar a Harrison Ford en un avión a pegar tiros en una de las cintas más lamentables que he visto. Aquí, la cosa está cuidada pese a cierta carencia de medios. Da igual, tenemos un reducido escenario y lo aprovechamos como parte del argumento. La atmósfera, eso tan importante que dejaste de lado, señor Petersen. Qué bien cuido usted esta película convirtiéndola en una pequeña aventura épica reducida a un submarino, y como se pierde usted cuando tiene mucho más dinero que gastar.

Esa música, ese aire clásico… Fue capaz de contar una historia y hacerlo bien. Muy bien, de hecho. Tanto que nominaron a su película a varios Oscar aun siendo Alemana. Puso a Nazis como personas, y al mismo tiempo hizo de su cinta una pequeña disculpa y denuncia ante la pesadilla de la guerra. Y francamente bien.

Los actores, para nosotros desconocidos, hicieron un buen trabajo, la recreación muy buena, el saber aprovechar las limitaciones para construir una épica mostrada desde el miedo de apenas saber lo que ocurre ahí fuera… Muchas veces no necesita explosiones, solo sonidos y un plano fijo en el interior del submarino. Crujidos, ruidos del mar, esa soledad y ese miedo.

Wolfgang, fue un placer verle trabajar de joven… Espero que algún día se olvide de lo que fue trabajar en Hollywood haciendo cintas patrióticas y se vuelva al camino del buen cine.

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