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5 centimetros por segundo

  • Título: 5 centímetros por segundo
  • Director: Makoto Shinkai
  • Intérpretes: Animación
  • País: Japón
  • Año: 2007
  • Género: Drama
  • Duración: 67 min
  • Guión: Makoto Shinkai
  • Música: Tenmon
  • Calificación: 8/10

Decía Fiodor Dostoievski que “Es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con la que se ama” Suena manido, prototípico y casi anacrónico en una época en la que la mitad de las relaciones son tas superficiales como los dispositivos que las mantienen unidas. Los skypes, whatsapps, móviles, redes sociales, parecen conseguir eliminar esa sensación de distancia, como si la gente pudiese estar siempre junta, aunque sea de forma ilusoria o telemática. Y, en ese contexto, Makoto Shinkai, el heredero de Hayao Miyazaki según muchos, nos sorprende con una auténtica joya que nos habla del amor, la distancia y la madurez en apenas una hora.

5 centímetros por segundo, un curioso título tras el que se oculta uno de los dramas románticos más potentes del cine de animación. Hace referencia a la caída de las flores de cerezo, es la velocidad a la que caen. Una especie de metáfora de las vidas humanas, de la lentitud con la que transcurren, de la parsimonia por alcanzar el suelo, y como los caprichos de un viento que sería el destino, hace que los caminos de las hojas que comenzaron juntas se unan y se separen sin compasión ni respiros.

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Es una historia que se presenta en tres capítulos. La primera, extracto de flor de cerezo, nos presenta a los dos protagonistas, Takaki y Akari, dos amigos inseparables en la escuela primaria que, un buen día, tienen que separarse, pues ella se va a estudiar a otra ciudad. Takaki se queda destrozado, pero al cabo de un tiempo comienza a recibir las cartas de Akari, y su único propósito será ir a verla. La segunda historia, Cosmonauta, nos presenta a Takaki en la escuela secundaria superior, y a su compañera Kanae intentando romper la coraza de ese chico melancólico e inescrutable. Por último, en 5 centímetros por segundo, historia que da título a la película, veremos el reencuentro muchos años después de Takaki y Akari, que quizá no sea tan soñado como pueda parecer debido a los caminos diferentes que han tomado.

Shinkai evita, en esta ocasión, utilizar elementos de fantásticos, demostrando que su poderosa imaginación y su fuerza narrativa también pueden expresarse en una situación real, casi cotidiana, como es la mudanza de un amigo a otra ciudad. La animación resulta increíble, con las bellas y evocadoras imágenes que siempre nos ofrece este director. Su obsesión por las máquinas (y en especial los trenes) encuentra un buen canalizador aquí, al ser el elemento material fundamental, una especie de apoyo a la metáfora de la distancia: los trenes pasan, y aunque todos son iguales, toman distintos senderos y cada uno va por una estación. En cualquier caso, el trabajo de luces y sombras realizado en los dibujos es elogiable, realista, hermoso.

Es la obra de un poeta de la nostalgia, de una melancolía de la que bien podría aprender Von Trier. Es imposible que esta película te deje indiferente, pues evoca unos sentimientos más profundos que sería necesario no tener alma para no verse afectado por los mismos. Recomendación, nunca ver en un día particularmente triste: al acabar, puede parecer que el suicidio es una opción.

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Titulo: El ilusionista

Director: Sylvain Chomet

Intérpretes:. Animación

Nacionalidad: Francia

Año de Producción: 2010

Guión: Sylvain Chomet,  Jacques Tati

Música: Sylvain Chomet

Duración: 76 minutos.    

Valoración: 9/10

Decía Balzac que “lo mas hermoso de la vida son las ilusiones de la misma”  Una bella cita que se puede sacar de uno de tantos artistas franceses, un país que siempre ha tenido una curiosa relación con el mundo artístico.

Precisamente, quien no comprenda el arte no podrá comprender esta película. Háganme caso: apaguen la cinta todos aquellos que pretendan entretenerse un rato, que pretendan deleitarse con los grandes efectos que trae últimamente la animación, que pretendan buscar una fábula moralista en este bello cuento que nos trae Chomet. Esta película no es para ninguno de ellos. Es para otros.

Los artistas galos siempre han tenido esa habilidad de saber dirigirse a cualquier público, fuera el que hubiese. Desde los enfermos tarantulados de Rabelais hasta los artistas rechazados de los impresionistas. Desde los revolucionarios exaltados a los que se dirigía Marat (Cuyas sátiras eran un arte) hasta los naturalistas de Zola y sus ganas de realidad.

Esta película es puramente de otro gran movimiento francés: El decadentismo. Para quien no lo sepa, en el decadentismo, que luego se desarrolló como crepcularismo en Italia, los autores ven la historia, la civilización, como el crepúsculo del sol, y encuentran belleza en ese fin, es como la ultima fuente de donde pueden sacar inspiración antes de que acabe. Por eso creen en la decadencia

Bueno, miento, no trata exactamente del decadentismo. Sino del comienzo del mismo.

Chomet nos presenta la historia de un ilusionista, el clásico mago de chistera y sombrero. Un hombre mayor, adusto, que sabe hacer bien su trabajo, que es capaz de tejer ilusiones para el público. Pero hay un problema. El público ya está saturado de este arte viejo y tantas veces visto. Los teatros de las grandes ciudades están vacíos. La gente se vende a nuevos artes, como grupos de música de jóvenes rockeros. La gente ya no quiere que la ilusionen.

Nuestro ilusionista comienza entonces un peregrinaje itinerante, buscando ganarse la vida, que le lleva a un pequeño pueblo perdido de Escocia, aislado de todo. Allí la gente sigue sorprendiéndose con sus juegos de manos. Tanto que, una niña, creyendo que puede hacer realmente magia, decide seguirle.

¿Han oído alguna vez eso de que mientras consiga hacer soñar a una persona, el arte merece la pena? Pues es la máxima de nuestro protagonista. Pretende mantener la ilusión de la niña de que él es un todopoderoso mago y puede conseguir lo que sea, les devuelve a Francia en peregrinaje. Allí, el Ilusionista tiene que ejercer diversos empleos para conseguir mantener las esperanzas de su protegida.

En un momento dado, acaba en una pensión con otros artistas. Titiriteros, acróbatas, y, el símbolo de los decadentistas por excelencia, el payaso triste (y suicida, en este caso) Todos están como él. Todos viven de su arte. Y su arte ya no interesa. Tienen que emplearse como vendedores, como mecánicos, como figuras de museo, como curiosidades de circo. Tienen que mendigar. El payaso intenta suicidarse. El ventrílocuo vende su muñeco, y por tanto, su vida.

A estas alturas de la película uno ya está con un nudo en la garganta y una espina en el corazón. Todos pueden permitirse ser vencidos por su tiempo salvo el Ilusionista, que debe mantener a la niña. Hasta que esta, como la sociedad, como el mundo, como es la vida misma parece decirnos la película, empieza a interesarse por chicos de su edad y por jóvenes que pueden darle una dosis de realidad y no de ilusión.

Es el comienzo del decadentismo, la muerte del arte, la crueldad del hombre moderno. Las ultimas escenas son simplemente sobrecogedoras. Uno tiene la sensación de que el arte ha muerto. Y lo que es peor, de que nuestro egoísmo, y nuestro pensamiento contemporáneo, hacen que no nos importe en lo más mínimo.

Es la balada de los melancólicos, construida con un fantástico estilo anticuado. Una pequeña obra de arte, y nunca mejor dicho, en apenas poco más de una hora. Muy recomendable para reflexionar sobre los tiempos modernos, sobre el arte, y sobre la vida misma. Y si alguien no acaba clamando, entre lágrimas, “Magicians Exist”, le devuelvo el dinero de su entrada. Que sean felices. Si pueden.